Presentación

EL ESPÍRITU DE LA GRANDA

Juan Velarde Fuertes,

Director de los Cursos de La Granda

Cuando alcanzamos, en este verano de 2017, la XXXIX edición de los Cursos de La Granda, parece obligado explicar dos cosas. La primera, dónde se encuentran sus raíces. La segunda, lo que se ha conseguido.

Son las raíces, esencialmente dobles, y asturianas ambas. Por una parte, en la etapa de la II República, y con propósitos muy amplios, aparecieron los Cursos de Verano. La inspiración procedía del ámbito de la Institución Libe de Enseñanza. En Santander, en el edificio que había sido el Palacio Real de La Magdalena, se emprendió esta tarea. El éxito de la orientación heredokrausista que en eso latía, hizo que el mundo intelectual afín a lo que se podía denominar pensamiento conservador católico crease, también en Santander, como una especie de rival, el Colegio Cántabro, con enlaces evidentes con el Centro de Estudios de Universitarios de Madrid. Todos estos cursos eran, sencillamente, desarrollos monográficos de un tema por parte de un profesor especializado en él, durante un breve plazo de tiempo, nunca superior a una semana, y habitualmente en tres jornadas de, a todo más, un par de horas cada una. Los alumnos procedían del ámbito universitario, y se procuraba que fuesen de alta calidad.

Tras la Guerra Civil, estos cursos se reanudaron. La Universidad de Oviedo tenía los suyos, por ejemplo, en Navia, pero el centro más importante de ellos resultó ser la entidad heredera de la citada Universidad Internacional de Santander, bautizada ahora con el nombre de Universidad Internacional Menéndez y Pelayo. Pero en la etapa del aislamiento internacional que rodeaba entonces a España, existía una puerta abierta de bastante peso político e intelectual: la del mundo hispano. Recordemos instituciones como el Instituto de Cultura Hispánica, la Asociación Cultural Iberoamericana o, en Madrid, el Colegio Mayor Guadalupe, dentro de todo lo cual existía un mundo de intelectuales y políticos de peso notable. Y como fruto se creó, un espacio para incrementar estas vinculaciones: la Universidad Hispanoamericana de Santa María de La Rábida, exclusivamente también de verano. Con ambas instituciones pasan a existir, con los mismos planteamientos básicos en los fundamental, multitud de cursos de verano. Y por lo que a mí respecta, que había sido asistente e incluso ponente en los cursos de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, pasé a ser, nombrado por el Ministerio de Educación, Rector de la Universidad Hispanoamericana de Santa María de La Rábida.

Conmigo llevé de Vicerrector a otro asturiano, extraordinario Catedrático de Derecho Político de la Universidad de Murcia, Rodrigo Fernández Carvajal. Y allí montamos cursos de verano con la especialidad obligada de traer profesores y temas del ámbito hispano, por cierto con enlaces permanentes con la Universidad de Sevilla, donde existía un grupo de investigadores de la historia del mundo hispano del siglo XVI al XVIII verdaderamente notable. Por otro lado, yo me había pasado a relacionar, a través de cursos, conferencias, reuniones, colaboraciones en la revista Cuadernos Hispanoamericanos, con los economistas de la casi recién nacida CEPAL, en buena parte vinculados con la corriente doctrinal del denominado estructuralismo económico latinoamericano. Pero en La Rábida también se organizaban cursos sobre otras cuestiones y se recibían altas personalidades políticas. Una de ellas, por ejemplo, era Alan García, que al cabo de no mucho tiempo acabaría siendo Presidente de Perú.

Recuerdo que un día el profesor Fernández Carvajal me dijo: -“¿No crees que es extraordinariamente caro en relación con el benéfico que se obtiene traer, a veces de lugares muy alejados, a personas interesantes para dar unas breves conferencias a unos jóvenes que algo aprovechan, pero que nunca es demasiado por el ambiente veraniego?” y a continuación añadió: -“¿No sería mucho más valioso llamar sobre un tema común a estos profesores, a estos investigadores, a estos altos especialistas, a estos políticos importantes, y que ellos fuesen los que, en seminarios muy especializados expusiesen a sus colegas sus puntos de vista, con el consiguiente debate?” Confieso que me pareció una idea excelente. Debatí el asunto en el Ministerio, y conseguí vía libre para hacerlo.

A partir de entonces en La Rábida había debates entre los mayores especialistas, sobre por ejemplo Rousseau con motivo de su centenario, o con aspectos españoles y extranjeros de problemas económicos, como sucedió con Fuentes Quintana, reuniendo a un alto grupo de políticos y especialistas fiscales, desde Fernández Ordóñez a Lagares, para debatir las bases de la reforma fiscal española, o en el ámbito hispanoamericano con presencia de militares y políticos de Perú en un momento clave del cambio de régimen político en el país, o de economistas, unos partidarios de las tesis Singer-Prebisch y críticos que en América habían discrepado a fondo, como ocurría con Prados Arrarte, que acababa de volver a España después de su exilio en Argentina y Chile.

Posteriormente habían aparecido en Iberoamérica, en el ámbito de la Iglesia toda una serie de corrientes teológicas enlazadas con esas posturas Singer-Prebisch y en pugna con los mensajes que procedían de la también católica Escuela de Friburgo. Eso hizo necesario que a La Rábida se convocase a todo un grupo de importantes teólogos españoles de la Universidad Pontificia de Salamanca, como por ejemplo, Olegario González de Cardedal. De ahí además procedía la idea de que así se restablecía algo que en las grandes universidades extranjeras existía: que la teología no fuese ajena al ámbito universitario oficial.

Un día, en un descanso de debates entre economistas, Prados Arrarte me indicó que a él, como catedrático de Economía Política en una Facultad de Derecho, le gustaría debatir con otros colegas de la misma asignatura, el modo en que esta materia se debería explicar a futuros juristas. Me pareció algo muy conveniente, y al año siguiente tuvo lugar esta reunión. A ella, como catedrático de esta materia en la Universidad de Oviedo, asistió Teodoro López Cuesta, y cuando se despidió me dijo que aquellos días en La Rábida no los olvidaría.

Se había iniciado la Transición. En ella Manuel Clavero, que había sido Rector de la Universidad de Sevilla y que consideraba que la Universidad de La Rábida debía ser un simple complemento de los cursos de verano posibles en esa Universidad, planteó ese retorno en el ámbito político y yo presenté la dimisión.

Relaté este cambio en un almuerzo que tuve en Madrid con López Cuesta y Enrique Fuentes Quintana. López cuesta me dijo: -“Pues nos llevamos los cursos a La Granda. Se trata de un edificio que es propiedad de Ensidesa y seguro que el Presidente, si se lo planteamos, nos lo va a ceder para estas sesiones del verano”.

Yo conocía La Granda. Había estado allí, cuando era Vicesecretario de Estudios del Ministerio de Trabajo. Me había enviado a una reunión en ese edificio el Ministro Romeo, cuando estábamos poniendo los cimientos de un salario mínimo, que hasta entonces no existía. Se iniciaba en el proyecto en la cifra de 60 pesetas, o sea, entonces, de 1 dólar, y algunos economistas, vinculados a la Comisaría del Plan de Desarrollo señalaban que todo salario mínimo planteaba problemas muy graves para una economía libre de mercado. Dejando a un lado el debate, y las declaraciones que sobre la cuestión hice entonces al Director de La Voz de Avilés, precisamente en La Granda, en los debates en este edificio conseguí superar todas las objeciones. Además el lugar me había parecido sencillamente maravilloso.

Efectivamente en Ensidesa les pareció la idea de ceder el local para reuniones científicas en julio y agosto incluso admirable, y por otro lado, esto suponía vincularnos a algo que personalmente me parecía admirable: con la Universidad de Oviedo. Mi padre, mi tío Vicente, habían sido alumnos de esa Universidad. Mi padre había formado parte del grupo que, con Gendín, se fue en plena Guerra Civil a Vitoria para que la Universidad de Oviedo no desapareciese, porque existía un proyecto de su traslado a Santander. Mi tío Vicente ha´bia aparecido citado, en su etapa estudiantil, en uno de los tomos de comienzos del siglo XX del Boletín de la Universidad de Oviedo, a causa de una investigación que había hecho sobre propiedades comunales en ciertas zonas de Asturias. Además, otro tío, Faustino de la Vallina, había sido mi padrino en la pila bautismal. Como consecuencia, yo siempre había indagado el espíritu de aquella universidad y me había impresionado encontrar, por ejemplo, la famosa frase que sobre ella lanzó Giner de los Ríos, en carta a su rector.

Dentro de ese espíritu se encontraba un mensaje que asímismo procedía de la Universidad de Oviedo: el de la Extensión Universitaria, tan querido por aquellos grandes que eran los Buylla, los Alas, los Posada y demás. Por eso decidimos que montaríamos también cursos que afectasen directamente a Asturias, y además, que las reuniones se efectuasen con las puertas abiertas, para que todo asturiano, joven o viejo, especialista o, sencillamente interesado, pudiese escuchar el debate y como oyente, aunque sin tener posibilidad de intervenir en él, recibiese información. Además, las puertas de La Granda quedaban abiertas para que en el campo que rodea al edificio, en tertulias, en almuerzos colectivos, se siguiesen aclarando cuestiones a quienes nos visitasen, quienes, en ocasiones, procedían de ámbitos españoles e incluso extranjeros muy amplios. El espíritu de Extensión Universitaria de la Universidad de Oviedo, era un aspecto más de los cursos de La Granda. La admiración que sobre esa cuestión había mostrado Unamuno, nos respaldaba aún más.

Las áreas que se desarrollaron han sido muy amplias, pero de modo sistemático siempre hubo cuestiones esenciales. Una de ellas fue la economía. Incluso en una ocasión logramos que llegase en helicóptero el director del Fondo Monetario Internacional. Otra, la historia, mantenida con extraordinario rigor por el profesor Emilio de Diego, que es actualmente Secretario de los cursos. Ha tenido mucho peso la biología y sus consecuencias, que se inauguró en La Granda con tres autoridades extraordinarias que desgraciadamente han desaparecido: Severo Ochoa, Grande Covián y Segovia de Arana; la literatura y sus debates han sido algo continuamente presente; también la teología y debo destacar que, llevamos años con un enlace permanente con profesores portugueses para reuniones vinculadas con Academia Portuguesa da Historia.

Y esa extensión universitaria era posible gracias a los respaldos, en primer lugar de las entidades herederas de Ensidesa. Actualmente el respaldo de Arcelor Mittal debe ser calificada realmente de ejemplar en todos los sentidos. También la ayuda del mundo empresarial asturiano y todo hay que decirlo, muchísimo la sociedad asturiana, la de los medios de información a multitud de entidades. Ejemplo en este sentido es el del Ayuntamiento de Gozón, precisamente donde se encuentra geográficamente La Granda.

Con todos estos respaldos se ha montado una nueva reunión a lo largo del mes de agosto para este año. La lección de apertura corresponde a uno de los mejores maestros actuales de la economía española, el Gobernador del Banco de España, Luis Linde de Castro. La clausura, para celebrar precisamente el cuarenta aniversario de la normalización diplomática de España en toda el área mundial, aparte del engarce que iba a tener lugar al parecer la Unión Monetaria, corresponde a quien conoce esto de una manera directísima por haber sido su protagonista. Esa conferencia, por tanto, será dada por Marcelino Oreja, Marqués de Oreja, el 31 de agosto.

A lo largo de todos estos años hemos colaborado, en la medida de nuestras fuerzas, con todas las instituciones políticas, intelectuales, económicas, asturianas que nos solicitaron algún tipo de apoyo. También hemos estrechado enlaces con instituciones asturianas, no sólo del triángulo de las grandes urbes -Oviedo, Gijón, y Avilés- sino también en multitud de concejos, empezando por el de Gozón y su capital, Luanco y por supuesto con muchísimos más, aparte de ello nuestra referida vinculación con Arcelor, esa gran empresa siderúrgica del ámbito europeo. Todo ello nos enorgullece de modo extraordinario.

Llevamos así trabajando más de treinta y ocho años. Sospecho que buena parte de lo conseguido ha sido porque hemos asumido, con todas sus consecuencias, desde los momentos iniciales, quienes hemos dirigido los Cursos de La Granda el lema que tenía la implacable infantería de Cromwell: “Nulla vestigia retrosum”, o sea: “Ni un paso atrás”.